A veces escribo para distraerme, otras veces sólo para concentrarme en escribir. Normalmente me duele empezar y cuando lo consigo no hay como detenerme. En sí soy adicta a escribir. La literatura para mí es un frenesí, sin ella sufro más de lo que sufro por ella. Porque todo lo que realmente amas, duele. Por eso me dueles tú. Porque te amo.

martes, 31 de julio de 2012

«No estén tristes. No me he alejado.»

Debajo de un cielo tan cristalino uno siempre se pregunta si esto es paz. Y si lo es, ¿en qué consiste sentirse en paz? ¿Será que es desprenderse de las penas y ya? Entre tanta naturaleza intimidante de esta carretera escénica cada quien tiene diferentes pensamientos. Y en esta camioneta blanca hay alguien que ya no puede seguir viajando encerrada mientras afuera hay todo un mundo de posibilidades y oportunidades que la naturaleza parece exigir de ella. Y tal vez no sea normal que mientras otros exclaman lo hermoso que es el paisaje ella sólo quisiera que su padre tuviera un colapso nervioso para estrellarse contra unas rocas y luego caer por uno de los múltiples barrancos del camino. Tal vez un momento de dolor y después podrá descansar por siempre. ¿Es este un pensamiento suicida? Preferir morir en un accidente automovilístico así de fatálico en vez de seguir encerrada en el automóvil imaginando una muerte dramática. ¿Y qué si se le cumple? ¿Y qué si se le cumplió? 

Mientras ella duerme, y seguramente sueña con algún hombre al que dejará ir por siempre, ni siquiera se imagina que en la distancia se encuentra otro coche con destino a un "Pueblo Mágico" del que ella regresa. Mientras ella duerme sus abuelas platican del hijo de la vecina que ya se casó y tiene dos hijos, o de la tienda que acaban de inaugurar y de la comida casera que piensan preparar de regreso a su hogar. Mientras ella duerme, su hermana intenta descansar de la carretera mientras se refugia en la música de su iPod. Mientras ella duerme su madre va con los ojos en el camino, aferrada a la idea de que en cualquier momento podrían morir. Mientras ella duerme su padre se distrae con la inmensidad de las montañas al lado izquierdo de la carretera. Se distrae por un momento y ese momento basta para no ver que al frente del trayecto están arreglando un fragmento de la carretera y para cuando su madre grita «CUIDADO» y su padre da un giro con el volante para evitar chocar contra un coche que se encamina al pueblo del que ellos vienen ella despierta. Despierta para ver a su hermana dormida, a su madre gritando, a su padre sudando de los nervios y a sus abuelas calladas con cara de pánico. Despierta y se da cuenta que por fin ocurrió lo que imaginaba y en la curva de enfrente caen. La camioneta gira por las piedras hacia lo más profundo del bosque que los rodea. Sigue girando hasta encontrar un piso plano en donde frenar. Volteada la camioneta ella cierra los ojos. Escucha un estallido y los vuelve a abrir. La sangre le escurre por la frente. Los vidrios de la ventana de su lado derecho están encajados en el cuerpo de su hermana. Sus abuelas están intactas pero no se mueven. Su padre grita del shock al mismo tiempo que intenta despertar a su madre que yace muerta en el asiento del copiloto. Recuerda las últimas palabras que dijo su madre acerca de la maravillosidad de la naturaleza que la mató. Todo a su alrededor está en paz. 

El cielo no le da paz, pero saber que morirá en unos segundo sí. El problema es que sigue viva y ni siquiera puede sentirse liberada de la carretera, sigue encerrada en el auto, con los pulmones colapsando y un dolor irresistible en el pecho, tal vez de taquicardia. Las lágrimas que recorren su rostro están manchadas de sangre. Despierta de su fantasía de morir y se da cuenta que a su lado está su hermana, descansando. Y cuando se da cuenta que ella no podrá descansar le da envidia. 


Dos semanas después despierta en una cama de hospital. A su lado no hay nadie. Mira hacia la ventana y ve el cielo azul y el sol brillar. Se levanta, camina al espejo, mira su cara, sus brazos, su pecho y no recuerda qué le pasó. La cicatriz en su frente no le dice nada. No sabe qué día es, ni qué mes. No recuerda nada, pero voltea a ver de nuevo fuera de la ventana y el azul del cielo que penetra su mirada le hace sentir ganas de estar muerta. Mira a la mesita de noche a lado de su cama y encuentra una notita escrita a mano: «Espero que cuando despiertes yo esté ahí para decirte que vas a estar bien.» Voltea la nota y ve una foto. En la foto está ella y no recuerda quién es la niña recargada en su hombro, pero es idéntica. Como dos gotas de agua. Idénticas.

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