A veces escribo para distraerme, otras veces sólo para concentrarme en escribir. Normalmente me duele empezar y cuando lo consigo no hay como detenerme. En sí soy adicta a escribir. La literatura para mí es un frenesí, sin ella sufro más de lo que sufro por ella. Porque todo lo que realmente amas, duele. Por eso me dueles tú. Porque te amo.

martes, 23 de octubre de 2012

Sólo brillas porque no hay luz que te opaque

Nada más recuerdo los detalles menos importantes de la última noche que estuve con él. En realidad ni me fijé si había estrellas en el cielo o si brillaba la luna llena. Sólo recuerdo tenerlo frente a mi, callado y serio, esperando a que alguno de los dos rompiera el hielo. Creo que fue él. Me dijo "¿qué te pasa?". Ni siquiera sé si le conteste o no, sólo estoy segura que el miedo a perderlo esa misma noche hacía que se me cerrara la garganta. Me costaba trabajo pronunciar una sola palabra y sus ojos me penetraban con una fuerza que temí por que él supiera mis mayores secretos.

Tal vez eso fue lo que más me angustiaba. Nada se sentía como debía sentirse. Él no estaba ahí en realidad. Estábamos en la fiesta, rodeados de gente, y al mismo tiempo él era al único al que podía percibir. A unos veinte centímetros de distancia todo se asimila tan tangible, tan real. Yo creo que si existiera alguna excepción él sería ésta. Por el simple hecho de que no podía mantenerse entretenido con mi sonrisa, ni interesado en mi cintura, ni obsesionado con mis labios. Estábamos ahí juntos pero a la vez cada quien en su mundo. Ha de ser ese el problema con nosotros los literatos.

Estando ahí a su lado empecé a extrañar al hombre que estuvo a mi lado no mucho tiempo antes. El hombre que jugaba, que me hacia reír, que me quería tomar de la espalda baja para robarme un beso. No pasó ni una hora para que ese hombre me abandonara como me han abandonado todos.

Me hubiera gustado inhalar su aliento más veces, como reserva por todo el tiempo que se alejará de mi. O sentir su barba acariciando mi cuello mientras él me besaba con pasión debajo de la oreja. O volver a oler su cabello y abrazarlo mientras le digo con la mirada que realmente lo quiero, aunque a él no le interese otra cosa que no sean mis pechos o mi cintura.

El error fue mío por entregarme a alguien que no quería mantenerme viva. Le entregué mi vida sin que la quisiera. Yo pensé que al irme él iba sufrir y no todo lo contrario. No pude ni verlo a la cara al alejarme.

Su esencia sigue aquí, debajo de mi lengua, pero está desapareciendo con el tiempo. Y con cada beso que ya no recibiré de su boca se me hace más complicado hacerme la idea de encontrar otros labios que me den todo lo que él consiguió darme en tan poco tiempo que tuvimos juntos. Y sí, puede que sea verdad que el futuro es incierto. Quizás en unos años nos volvamos a encontrar y yo ya no me sienta con la necesidad de arrancarle la ropa y, si es el caso, qué dicha. Pero no sé que voy a hacer si nunca lo vuelvo a ver.

Voy a enloquecer.

5 de agosto, 2012

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